Reparto, asignación y app del repartidor: qué pasa después del pedido

Cómo las zonas fijan la tarifa y la promesa, para qué sirven los seis estados de reparto, y por qué la rentabilidad por canal decide si el delivery merece la pena.

Ilustración de un marcador de ruta sobre una rueda de moto

El delivery parece una extensión del restaurante. Está más cerca de ser un segundo negocio que comparte cocina: otros costes, otros modos de fallo y, muy a menudo, otro margen.

Las zonas son una promesa, no un mapa

Una zona de reparto son cuatro decisiones escritas: un centro, un radio, una tarifa y un tiempo estimado. Cada una es un compromiso con el cliente antes incluso de que pida.

La decisiónQué significa de verdad
El radioLa distancia máxima a la que llegas con la comida caliente
La tarifaLo que esa distancia te cuesta, no lo que parece educado
Los minutos estimadosLa promesa por la que te van a juzgar
Activa o noEl interruptor que apagas cuando llueve y te queda un repartidor

El error común es un radio único alrededor del local con una tarifa única. La distancia no es el único coste: una zona con tráfico denso y sin aparcamiento cuesta más por entrega que otra al doble de distancia por una vía despejada. Dos zonas con tarifas distintas son más honestas que una media que cobra de más a la mitad de tus clientes y pierde dinero con la otra mitad.

Los seis estados de una entrega

En cuanto entra un repartidor, el pedido tiene vida propia:

Pendiente → Asignado → Recogido → En camino → Entregado, con Fallido, Cancelado o Devuelto como salidas.

Puede parecer burocracia. Es la diferencia entre un encargado que sabe dónde está cada pedido y uno que llama a tres repartidores en plena hora punta. También te da las dos marcas de tiempo que importan: cuánto esperó la comida a un repartidor y cuánto duró el trayecto. Son problemas distintos con soluciones distintas, y una sola etiqueta de «tarde» los esconde a los dos.

Qué debe ver el repartidor

La app del repartidor debe mostrar el encargo actual y el siguiente. Dirección, nombre del cliente, qué recoge, cuánto cobra si es efectivo, y un botón para avanzar el estado.

Esa austeridad es deliberada. Un repartidor va en moto, muchas veces en tráfico y a veces bajo la lluvia. Cada elección extra en esa pantalla es una decisión mal tomada. Las coordenadas del punto de entrega evitan releer la dirección; el importe cobrado convierte el cuadre de fin de turno en aritmética en vez de memoria.

El número que nadie calcula

Este es el cálculo que casi todos los restaurantes se saltan. Coge un pedido a domicilio y uno de sala del mismo importe y resta lo que cuesta cada uno de verdad:

  • Sala: coste de materia prima y una parte del personal que ya estabas pagando.
  • Delivery: coste de materia prima, packaging, la tarifa de envío que no cobraste, el tiempo del repartidor o la comisión del agregador, y las devoluciones cuando algo llega frío.

Muy a menudo el delivery es un tercio de la facturación y una décima parte del beneficio. No es un argumento contra el delivery: el volumen mantiene la cocina ocupada y la marca visible. Es un argumento para conocer el número, porque las decisiones siguientes son todas distintas:

  • Si el margen es fino pero positivo, se arregla con la tarifa o la zona, no con la carta.
  • Si es negativo solo en una zona, cierra esa zona.
  • Si es negativo en agregadores y positivo en tu canal, tienes un problema de marketing, no de reparto.

Reglas prácticas

  1. Fija la tarifa por distancia, no por vergüenza. Un envío que cubre el trayecto es lo normal en todas partes.
  2. Pon un tope a la promesa. Una estimación fallada dos veces enseña al cliente a no creerse la tercera.
  3. Separa «esperando repartidor» de «en la calle» al revisar. Son departamentos distintos.
  4. Registra valoración y comentario por entrega. Detrás de un grupo de quejas suele haber un repartidor o una zona.

El delivery bien llevado es un buen negocio. El delivery como añadido improvisado es una forma muy ajetreada de perder dinero con la cocina a tope.

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